28 km de reflexión, sufrimiento y vida

100_1524Hoy por la mañana me desperté muy temprano luego de una enorme frustración del día pasado, nada grave, gracias a Dios, pero estas cosas de carácter profesional quiera uno o no, terminan por afectar la cotidianidad. El enojo se había diluido tras varias horas de sueño pero todavía me costaba digerir lo que había ocurrido, y desafortunadamente es algo muy arraigado en mí: no lidio bien con el fracaso o con aquellas cosas que se escapan a mi absoluto control. Así que para que este viernes fuera mejor decidí hacer aquello que bajo cualquier circunstancia siempre me termina sacando una sonrisa: rodar mi bicicleta. Ya lo he mencionado muchas veces, pero no está por demás volverlo a citar para que nadie se lleve una idea errónea, no soy profesional del ciclismo y en la etapa que vivo actualmente dudo que quisiera serlo; pero de lo que si soy profesional es de la diversión que el rodar una bicicleta, sea en ruta, de montaña o hasta un triciclo, genera. No lo sé, no puedo explicar con palabras porque disfruto tanto rodar, más allá de ganar o perder, de tener una gran bicicleta o no, de rodar solo o acompañado, rodar mi bicicleta es algo que me gusta tanto que espero hacerlo por siempre.

Quería rodar por un buen tiempo, quizá dos horas, pero principalmente quería hacerlo a full-gas, como dicen los de lengua inglesa, quería ir a tope lo más que pudiera, principalmente para que toda esa rabia contenida se fuera por un medio natural y sano. Así me preparé para ello, y tomé la bicicleta de ruta, misma que si se trata de ir a fondo es la adecuada. Preparé los pedales, coloqué la herramienta de emergencia, incluso adherí una cámara de repuesto al poste de mi asiento porque iba yo a dejar que el camino me llevara, y debía estar preparado para lo incontrolable. Puntual y justo al amanecer saqué la bicicleta a la calle y me di cuenta de que traía en el casco una luz roja que uso para las noches, así que dije “¡vamos a rodar a carretera abierta!”, y así fue, decidí tomar camino hacia un lugar llamado Ajalpan, a unos 25 km al sureste de mi casa, pero nada de ciclopaseo ni de ir guardando energía, iba a ser a tope, una especie de contrarreloj como lo hacen los verdaderos profesionales. Sólo me faltaría mi equipo de apoyo, pero ¿quién lo necesita con Dios de su lado?, y que cerraran la carretera para mí, pero esto si sería imposible.

Hace poco ya había hecho el recorrido en la misma bicicleta pero con un grupo de ciclistas que casualmente me encontré en el camino, esta vez lo haría sólo, con la luz de leds en mi casco sería yo más visible, y como pensaba ir a todo lo que pudiera, mi media de velocidad me haría tener un rodar seguro, además el camino es totalmente cuesta abajo hasta dicho lugar. Una vez saliendo de la ciudad empecé a esforzarme, aunque es pendiente abajo totalmente la primera parte, se puede pedalear con cadencia en una relación alta para ganar tiempo dado lo recto del camino, mi media durante los primeros 4 km fue de 45.7 km/h y alcancé una máxima de 78.3 km/h, de ahí en adelante pude mantener la inercia bajando un poco la relación de cambios y tomado la parte baja de los cuernos del manubrio para una posición más segura. Sólo los interminables topes y uno que otro auto lento me hacían tocar los frenos. Mi velocidad media disminuyó dramáticamente a pesar de mi esfuerzo, pero era parte del reto.

Durante esa primera parte jamás tome descanso, prácticamente todo fue pedalear lo más duro que pudiera, y dio resultado porque en un tramo de unos 10 km de una carretera bastante transitada sólo me rebasaron tres vehículos de motor. ¡Una verdadera contrarreloj! y no como aquella que alguna vez hice en un autódromo cerrado, y diametralmente opuesto a los criteriums y alleycats donde me suelo acabar las llantas de mi bicicleta. Incluso físicamente me sentí mejor que el día del autódromo donde a la 5 vuelta ya sacaba la lengua.

Aquí si me decidí a arriesgar, si se trataba de ir contra el tiempo aquí era un buen momento, se pueden tomar riesgos; entrar un poco abierto a la curva, morder un poco el centro, frenar al último instante, volarte los topes, hacer drafting (colocarte muy cerca de un auto para que el viento no te pegue y entres en su succión), en fin, es parte de la diversión, debes saber medir esos riesgos y tomar la mejor decisión tras varios años haciendo esto, pero cuidado, como en la vida misma en esto no hay “red de seguridad”, si te caes a 40 – 50 km/h te va a doler y quizá ni siquiera te llegues a levantar por tu propia cuenta, pero si llueve te mojas ¿o no?, así que uno debe ser capaz de tomar riesgos sabiendo las consecuencias y en virtud de ello medir los movimientos … y por supuesto, sin arrepentimientos de ningún tipo.

Justo al llegar a un entronque donde se baja hacia Ajalpan o se regresa por otro camino hacia casa tuve que elegir entre seguir cuesta abajo durante otros 12 km y luego descansar por una hora, desayunar algo y volver a casa (a rastras) … o girar hacia la derecha e ir directo a casa pero ascendiendo un par de cuestas de muchos cojones, y como a mí lo fácil no me agrada giré a la derecha y me fui cuesta arriba. Aquí el gradiente es muy bajo, algo como +3%, y por ello pude ir a fondo por otro par de kilómetros, a partir de ahí todo fue muy diferente.

Los casi 350 metros que se descendieron de ida es hora de recuperarlos de regreso, y en ese momento mi primer ánfora con bebida energética se había terminado, cuando se va a fondo siempre cae de maravilla una buena hidratación, no me preocupaba porque traía yo otra ánfora con más bebida energética, pero tras la primera rampa a la altura de una comunidad llamada San Marcos me dieron ganas de tirar el ánfora vacía a la carretera como lo hacen los pro para quitar peso, pero no lo hice por la cuestión del cuidado a la ecología … mentira, el ánfora es de mi mujer y no quiero que se moleste. Sé que una botella de plástico vacía poco ayuda a aminorar peso, pero mis piernas pedían ya tregua y uno piensa en cualquier cosa para ir menos pesado. El gradiente es de 12% aproximadamente en una subida muy corta pero explosiva, y para tratar de mantener la velocidad promedio me tuve que subir a los pedales para mantener la inercia.

Así seguí por unos kilómetros más hasta pasar frente a la BUAP Tehuacán donde me llegó una “pájara” (bajón energético en el argot ciclista) que más bien era una avestruz por el menudo tamaño. Las ganas de poner pie en tierra se multiplicaron como por 1000, pero ¿alguna vez han visto a Cancellara, a Tony Martin o a Contador renunciar a media contrarreloj?, yo no iba a ser la excepción, así que a pesar del sufrimiento extremo pude lograr que mi cabeza mantuviera activas mis piernas.

Aquí me detengo en esta narrativa para hacer mención del sufrimiento. ¿Sufrir? sufrir es pedalear a tope una bicicleta de ruta colina arriba, hay pocas cosas que se le comparan, pero más que por una cuestión física la cosa es mental, la cabeza se satura tanto de dolor y frustración que cuesta mucho pensar bien y tomar decisiones rápidas. Incluso las ideas de “¿por qué diablos hago esto? pudiendo estar tirado en mi cama viendo la TV” hacen que la mente haga que el cuerpo sufra aún más, y a eso anexemos la temperatura de 27 grados centígrados en un clima seco, la bebida se iba tan rápido que pronto se terminó. En este momento y tras el sufrimiento total lo mejor que uno puede hacer es poner la mente en blanco, “resetearla” y empezar a volver a recuperar el ritmo. Nuevamente, como en la vida, cuando corres en bicicleta debes tranquilizarte, evitar que tus demonios te invadan y que logres el autocontrol.

Y así fue, tras unos kilómetros de total desconcentración, dolor inimaginable, de llevar la cabeza abajo con la boca abierta y de seguir pedaleando fuerte sólo para evitar que un auto te arrolle, fue momento de afrontar la segunda cuesta al pasar un cementerio privado y me sorprendí del buen ritmo que pude llevar, ningún auto, de la media docena que traía atrás de mí me pudo pasar hasta la recta posterior a la curva en subida. ¿Froome? ¿Contador? Ja, nada, bueno, al menos eso me hizo pensar mi buen optimismo y mi mente. Me pude tranquilizar, evitar el pánico y pedalear un poco más. El dolor sigue ahí, no se confunda estimado lector, aun cuando nos bajáramos de la bici y nos subiéramos a un auto con aire acondicionado el dolor no se va, pero aquí es cuando una fortaleza mental adecuada hace su parte, si te logras concentrar haces que el dolor sea parte del juego y ¿hasta lo disfrutes? … puede ser, al fin de cuentas “no hay arco iris sin tormenta”. Pero cuidado, tampoco se trata de lastimarse, llegará un punto donde ese sufrimiento pase a ser una lesión y entonces ya no es valido seguir sobre la bicicleta, hay que aprender a determinar límites, las cosas sin sentido en el ciclismo también existen y hay que saberlas desechar.

Una vez cruzando frente a UPAEP, universidad donde estudié una especialización hace un par de años, el camino es plano y a pesar de la porquería de asfalto se puede rodar a un ritmo decente, mis piernas sudaban y mi rostro así como mi torso estaban completamente empapados de sudor, pero en mi cara se esbozaba una gran sonrisa porque no solamente estaba ya a unos cuantos kilómetros de casa, mi meta imaginaria sino que iba disfrutando mucho del camino. Faltando unos metros para cruzar frente a mi alma mater, el Tecnológico de Tehuacán (lo mejor de mi vida ocurrió ahí) vi que el semáforo se puso en verde y ataqué cual sprinter para no quedarme atorado y tener que bajar el pie y perder ritmo. El último par de kilómetros es una avenida urbana donde aunque se quiera no se debe ir a más de 30 km/h por seguridad propia, autos que se pasan la luz, otros ciclistas que se creen también pros, peatones inmortales, ¡perros!, y para colmo se saltó mi cadena al pasar un tope, intenté ponerla en su lugar inmediatamente pero se resistió, me monté y tras dos pedaleadas se volvió a salir sin razón aparente, volví a colocarla en su sitio, maldije y me molesté tanto que hasta la gente a mi alrededor se alarmó, creo que hay cosas que nunca cambiarán. Mi media de velocidad se fue por los suelos pero el trabajo estaba hecho ya.

Faltando unos 750 m para la puerta de mi casa decidí dar fin a mi “contrarreloj privada” e hice un sprint final donde alcancé un poco más de velocidad buscando mejorar mi promedio general, no pude, mi promedio fue regular, pésimo comparado con el de un pro o por lo menos el de un ávido ciclista, pero entre topes, pavimento irregular, subidas quita aliento, pájaras monumentales y el hecho de que la contrarreloj no es lo mío, quedé muy conforme con mis resultados. Mi GPS falló, como últimamente lo hace y me registra 18 km/h de promedio y un tiempo mayor al que hice. El velocímetro de mi bicicleta registra 25.3 km/h de promedio, 28.7 km de recorrido, tiempo total de 1:12:23 horas y velocidad máxima de 71.4 km/h todo más cerca de la realidad, pero es lo que menos me interesa, me gustan los números y las estadísticas, pero lo que diga un GPS o un velocímetro me tiene sin mayor cuidado, finalmente ninguno de los dos es capaz de medir lo mucho que me divertí y lo bien que la pasé en ese recorrido a fondo. Es como el dinero ¿no? puedes tener un número gigante en tu cuenta bancaria o no tener nada, pero la felicidad no pasa por ahí. Vivir la vida no es algo que se pueda determinar con un número, ni siquiera si este es el de los días que vas a pasar en este planeta, finalmente si uno se ha de ir mañana o dentro de 50 años ¿qué diferencia hay?

Han pasado doce horas ya desde que terminé mi periplo, descansé una hora máximo y me fui al trabajo en bicicleta, aquí si quisiera vivir de la bicicleta para recibir un baño caliente, masaje y un buen vino blanco. Parece que me golpearon con un mazo en la cabeza, me siento cansado, casi muerto, pero mañana volveré a rodar, volveré a sufrir, volveré a buscar el autocontrol e intentaré soportar un poco más de sufrimiento, como en el día a día de mi vida. ¿Saben algo? creo que sí sé porqué me gusta tanto el ciclismo, porque me enseña tantas cosas y porque el ciclismo es como la vida misma: la felicidad no se encuentra tras recorrer un tortuoso camino, el camino es la felicidad … ¡que joto sonó eso! pero no es más que la pura verdad. ¡A vivir la vida señores!

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