Yo reparo las cosas que ocurrieron

Royals 2011 Spring game vs. DiamondbacksNo voy a venirles a contar en esta entrada lo que hago actualmente en el ámbito profesional, ni mucho menos lo que he hecho por la pasada década y media, sin embargo en varios lugares de este website así como en mi perfil de about.me existe alguna información sobre mi background profesional, sólo diré algo: soy ingeniero, tal y como lo soñé desde que tenía probablemente 15 años.

A mí, el éxito profesional me llegó “pronto”, así entre comillas porque en realidad llevaba ya muchos años trabajando ese éxito; pero se puede considerar como pronto porque a unos meses de haber egresado de una carrera profesional estuve frente a la oportunidad de mi vida y la tomé, sin saber exactamente en lo que me estaba metiendo y sin siquiera dimensionar la magnitud de lo que había obtenido. Así pasé los siguientes años, una época a la que yo comúnmente denomino “los años complejos” dada la dificultad (profesional) que me significó esa etapa en mi vida.

Cuando la empresa para la que laboré en toda esa época migró de giro comercial, se me propuso tomar la posición más alta en la jerarquía organizacional, tomando en cuenta mi perfil de ingeniero, y por supuesto acepté la oferta, un escalón más hacia arriba y en poco tiempo. Justo el día en que me mudé a mi flamante nueva oficina, con un ventanal enorme que daba al campo y junto a la oficina del Director General leí en Twitter una frase de Tom LaSorda que dice “There are three types of baseball players: those who watch it happen, those who wonder what happens and those who make it happen / Hay tres clases de jugadores de béisbol: aquellos que miran lo que ocurre, aquellos que se preguntan qué ocurre y los que hacen que ocurra” y me propuse la misión de que “yo haría que las cosas ocurrieran”, no iba a ser ni un soñador, ni un observador.

Al cabo de unos pocos días, los objetivos se cumplían (con creces) y yo me volvía un tipo cada vez más difícil de tratar pero con mejores resultados en el ámbito profesional, entonces mandé a imprimir un enorme cartel que colocaría cerca de la ventana en el que se podía leer “I make things happen / Yo hago que las cosas ocurran” y hasta la fecha no logro entender que me motivó a imprimirla pero sobre todo a colocarla; no estoy seguro si era una frase motivacional o un grito de guerra hacía todo aquel que me visitara en mi oficina de que yo iba a luchar contra todo y contra todos para que las cosas se hicieran, para que el éxito ocurriera.

Y así me pasé la mitad de la década pasada y parte de la presente, haciendo que las cosas ocurrieran. Esto puede sonar como algo pretencioso, pero positivo y en cierto modo lo fue, pero en contra, esa obsesión por lograr que todo pasara me hizo convertirme en una persona sumamente complicada, conflictiva y muy alejado de los demás, incluso de mis seres queridos. Un día, como era de esperarse (ahora lo entiendo así), las cosas dejaron de ocurrir, pese a todo mi esfuerzo no lo logré que las piezas encajaran en su correcto lugar y vino el desencanto. Recuerdo con particular frustración un día dónde sobrevino la catastrofe y pese a que no fue mi culpa directa, al estar al frente de todo esto yo fui quien cargó con las consecuencias. Creo que pocas veces en mi vida me he sentido tan miserable, y estoy seguro de que es el único momento cuando no pude encontrarle razón a esta aventura llamada vida. Me costó un par de días, pero al final me di cuenta que la vida sigue, y que pese a que yo podía hacer que todo saliera como estaba planeado, también había circunstancias que yo no podía enfrentar y que la mierda ocurre por lo que hay que estar preparado, hay que improvisar, evolucionar y seguir adelante.

Como poéticamente se dice, se aprende más de un fracaso que de varios éxitos y así fue. Ese particular hecho, del que algún día escribiré algo con mucho más detalle, me enseñó que todo puede fallar y que uno debe estar preparado para lo peor. Un amigo mío siempre se mofa de mi comportamiento en esos días, lo siento, no sabía lidiar bien con el fracaso, pero al menos le puedo decir con mucho orgullo que yo fallé porque lo intenté, no como él que ya ha fallado desde un principio por no intentar nada en grande. A las pocas semanas retomé mi puesto, volví a ser el de siempre y seguí haciendo que las cosas ocurrieran.

Un nuevo desencanto llegaría el año pasado. A finales de 2011 fui nuevamente reubicado a una nueva posición pero en un giro distinto y seguí enfocado en lograr que todos los días las cosas pasaran. De esa etapa que duró hasta mediados del año pasado recuerdo dos fracasos, fuertes, pero de los que me recuperé, aunque creo que la empresa no los digirió tan bien como yo. Para esa época ya había cambiado mi idea de hacer que las cosas pasaran a simplemente dejar que las cosas ocurrieran por si mismas y lidiar con todo lo que pudiera sobrevenir de ello. Felizmente podía decir que había pasado del estado “Yo hago que las cosas ocurran” al “Yo solía hacer que las cosas ocurrieran, pero ahora sólo dejo que ocurran y soy suficientemente feliz”.

No voy a decir que entré a una zona de confort, pero si me dejé de ofuscar por todo lo que estaba fuera de mi alcance y en cierto modo volví a ser la misma persona que era yo antes. Desde hace poco más de un año he estado involucrado en tantos proyectos de ingeniería, como contratista o freelance que algunos seguramente escaparán a mi memoria, y caigo en el aquí y ahora. Un momento en el que he tomado una pausa, por cuestiones ajenas a mí y dónde debo revalorar lo que realmente quiero, dar pasos en firme y no mirar atrás.

Hoy puedo decir que hacer que las cosas ocurrieran era genial, pero también es bueno saber que a veces no pasarán pero sobre todo, que soy capaz de reparar las cosas que ocurrieron, mirar hacia delante y regresar más fuerte, más apto, mejor; porque lo bonito de esta vida profesional es que siempre podemos ser mejores.

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