Mi temporada ciclista 2013

562546_522902317756763_1509358434_nHace aproximadamente un año quise compartir en este sitio un poco mi experiencia al rodar en bicicleta, más que por presunción, a modo de bitácora para que yo mismo pudiera compararme en los años por venir y permitir que si alguien allá afuera pudiera leer estas líneas encontrara algo de inspiración para rodar. Además, como alguna vez ya lo mencioné, pese a no ser pro, ni tener intenciones de serlo, disfruto tanto del ciclismo que me enriquece mucho el alma compartir mis experiencias. Aquí aclaro algo: ser ciclista no te hace ni mejor ni peor persona, simplemente eres diferente, y con eso ya es decir bastante. Y sí, también quiero dejar claro: además de no ser pro, tampoco me dedico a competir contra los demás, mi único rival soy yo mismo.

Ya entrados en detalles que nos concierne, el año pasado fue el mejor de mi vida como ciclista, incluso mejor que aquellos años de adolescencia cuando le daba duro a esto de los pedales. Fue el mejor tanto por distancia como por sensaciones, creo que nunca me había sentido tan fuerte, tan apto y sobretodo tan feliz. De hecho, en la entrada del año pasado, escrita un 20 de diciembre, dejaba muy en claro algunos aspectos: iba a iniciar mi temporada hasta finales de enero, iba a dejar los critériums y el cross-country a favor de la alta montaña y los maratones, pero lo más importante fue que dejaba asentado que este 2013 sería mucho mejor.

Nada más alejado de la realidad. Mi temporada la inicié el 31 de diciembre de 2012, un mes antes de lo previsto y sin siquiera haber terminado el 2012. Ese día recorrí un maratón en la bicicleta de montaña en dónde llegó el primer aviso: descendiendo a gran velocidad y con una horquilla muy dañada llegó una curva muy cerrada y no pude controlar la bicicleta, pese a frenar con suficiente antelación el ímpetu me hizo seguir un poco más de lo debido y estuve, literalmente a milímetros de golpear un muro de roca sólida a unos 40 – 45 km/h, lo que hubiera significado una lesión realmente seria. Afortunadamente eso no pasó y pude seguir adelante.

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Tras un par de semanas comencé a rodar grandes distancias en la bici de montaña, desde 50 hasta 60 km con ascensos cercanos a los 750 m que hicieron mella en mí porque durante una salida durante el mes de febrero lo impensable ocurrió, afrontando una subida realmente fuerte simplemente no pude más y me bajé de la bicicleta. Esto del ciclismo es algo físico, como podría imaginarse, entre más ruedas y te preparas más apto eres a soportar el esfuerzo y sobre todo el dolor camuflado de cansancio, pero creo fervientemente que si hay algo más importante que lo físico es lo mental, si tu cabeza tiene combustible las piernas trabajan, pese al dolor. Ese día mi cabeza no pudo más. Recuerdo haber tirado la bicicleta al costado del sendero y haberme sentado por un par de minutos hasta que mi compañera regresó por mí y me compartió bebida isotónica y una barra (y me tomó una foto), pero ni su compañía ni lo ingerido me hicieron levantarme y pasé casi una hora acostado en la tierra esperando a que mi cerebro volviera a trabajar.

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Regresé a casa con el primer abandono del año, y de la peor manera. Este también fue un aviso. Dos avisos al inicio del año y a ninguno le hice caso, por un lado creo que debía ir un poco más lento y arriesgar menos, la caída que libré en fin de año no fue casualidad, estaba sobrepasando los límites y más tarde aprendería que eso puede traer consecuencias serias. Por  otro lado, el segundo aviso fue el cansancio, pese a que todavía soy joven, a que tengo una buena alimentación y a que en general tengo un buen estado físico, también tengo un límite en estos aspectos del rendimiento y lo estaba sobrepasando. En ese momento del año no me di cuenta de ninguno de los dos avisos.

Llegaría el mes de marzo, una buena época para mí, porque el frío suele irse y yo voy mucho mejor en el calor sofocante que en el frío asfixiante. Dejé un poco la MTB y me pasé a la ruta. Como mencionaba en mi entrada del año anterior pasé de ser un corredor de critériums a uno de carreras de un día y finalmente a un aspirante a escalador. Medio mes pasé preparándome en ascensos, me entrenaba con series y afrontaba salidas a alto ritmo, con varios kilómetros y con mucho ascenso; hasta que descubrí que pese a lo mucho que pudiera trabajar nunca sería un buen escalador … sin embargo no cesaría en mi intento, al menos por unos meses más.

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El sábado 16 de marzo me levanté muy temprano, decidí dejar en casa la MTB de 26 pulgadas que me ha acompañado desde el año pasado y me monté en la 29er de mi compañera de equipo, las condiciones estaban más para esta bicicleta y era un buen momento de probar algo diferente, se trataba de un maratón de 62 km en un circuito de 31 km que tomaba alrededor de 9 km en un tramo de carretera asfaltado. Justo al volver del primer loop, y cuando iba a afrontar la segunda vuelta circulaba a unos 65 km/h en una terreno hacia abajo y decidí tomar el ánfora para hidratarme, perdí de vista por unos segundos el camino y cuando volví la cara hacia el me esperaba un enorme charco de agua de la lluvia de la noche pasada. Para evitarlo, sea porque hubiera un hoyo ahí o simplemente para no ensuciarme, frené con la mano izquierda y la potente mordaza delantera aprisionó al disco con un tacto que me era desconocido, la bici se descompuso en su trayectoria, traté recuperarla pero a la velocidad a la que iba me fue imposible y caí en seco sobre el pavimento.

Ya había olvidado el frío beso del asfalto, y más a esa velocidad. Caí del lado izquierdo, pero inmediatamente me giré y además de la rodilla, el codo y la mano izquierda me golpeé la cara, el pecho y la rodilla derecha. Rodé sobre el pavimento y el manubrio me golpeó justo en la costilla derecha además de que con el plato de cambio me golpeé el muslo derecho en su parte interna. Mucha, mucha sangre había sido derramada ahí. Para mi buena fortuna, a la bici no le pasó nada: una maneta de freno movida, un puño derretido y un pedal golpeado, digo por fortuna porque no sabría qué decirle a mi compañera si le hubiera llevado una bicicleta destrozada. Me puse de pie, y como es habitual por la adrenalina no había dolor, varias personas al ver mi codo y rodilla izquierda me recomendaron que me hiciera al lado y llamara a la asistencia médica, yo no tenía intención de hacerlo hasta que me empezó a punzar el codo … lo tenía desecho. Quité la bici de la carretera, me senté unos minutos y me di cuenta de que esto había llegado muy lejos. Me monté sobre la bici sólo para ir a curarme las heridas.

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No suelo lidiar bien con el dolor de las curaciones, pero ese día no me fue tan mal. Lo peor de todo sería el codo y la rodilla, ambos izquierdos, ambos sumamente golpeados y con sendas cortadas en la piel que no me cicatrizarían sino hasta varios meses después. El problema vino al día siguiente: el dolor en las costillas era considerable y difícilmente me podía parar de la cama. Era momento de bajarle un poco a las revoluciones y tomarme todo con más calma.

Llegaron las vacaciones de Semana Santa y el merecido descanso apareció, en dos semanas sólo tomé la bicicleta para ir a dar algunos paseos, nada de exigencias. Como  regalo de cumpleaños mi mujer me regaló una nueva horquilla SR Suntour regulable y era el momento de volverme a subir a mi máquina, nada de probar cosas nuevas, de todos modos la posición que adopto sobre la 29er no me favorece en nada. Desafortunadamente de poco me sirvió las lesiones de la caída, no me permití descansar lo suficiente y en menos de lo que un médico lo hubiera autorizado yo estaba ya rodando a buen ritmo.

El mes de abril lo dediqué enteramente a retomar mi nivel antes del accidente, y para ello nada mejor que la bicicleta de ruta. Mucho ascenso, mucho descenso y sobre todo mucho de sufrir encima de ese asiento. Pero pues esto es lo bonito del ciclismo, no permitirle al sufrimiento vencerte. Y ahí estaba de nuevo listo para seguir rodando. Al ritmo que llevaba estaba cerca de igualar mi registro a esa altura en el año previo, pese a estar casi dos semanas fuera de circulación. Habían sido menos salidas, pero de mayor calidad y eso me dejaba muy contento.

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El primero de mayo hice el recorrido más largo y demandante de mi vida: fueron 112 km y 992 m de ascenso sobre la bicicleta de montaña, y lo mejor ¡90% del recorrido en total soledad! No es que necesite tener gente a mi lado, pero cuando se sufre siempre es bueno que alguien vaya cerca. Me tomó muchas horas, muchas calorías, muchos pensamientos negativos, mucho sufrimiento, mucha soledad, pero al final lo logré. Cuando tomé el camino urbano que me llevaba hacía la meta fue genial, pese al dolor y cansancio me sentía inigualable, ¡lo había logrado! El clima me ayudó, pero sobre todo los fierros, mi burra nunca falló, no tuve una sola ponchadura, ni siquiera tuve que engrasar la cadena una sola vez, las únicas tres paradas, de menos de un minuto cada una, fue para avituallamiento e inspección visual de los componentes. Durante una bajada muy pronunciada tuve una caída, nada grave y todo fue por un poco de tierra suelta. Al volver a casa me limpié los kilos de tierra que tenía sobre mi cara, comí algo ligero y celebré en todo lo alto con el vino de los pobres: un vaso bien frío con Coca-Cola.

Mayo y junio se fueron como el agua. Seguí con mi intento de volverme escalador en la ruta pero poco a poco caía en cuenta de que eso no iba a ser posible, pese a que había logrado buenas aptitudes, estaba muy lejos de un nivel respetable. Así que eventualmente regresé a ser un ciclista rodador y a evitar en la medida de lo posible los ascenso quita-aliento. En la bici de montaña me pude establecer, sin llegar a cifras estratosféricas pude mantener un buen ritmo y cada día me sentía un poco más fuerte que el anterior.

Llegaría julio, el mes que por tradición se ha vuelto rutero, en tres semanas que invertí para rodar sobre mi máquina pude hacer una cifra considerable. Desafortunadamente poco a poco iba subiendo el ritmo de mis salidas y para finales de ese mes progresivamente se me iban acabando las fuerzas. Me tomé la última semana de julio y la primera de agosto para descansar y poder afrontar la parte final del año con miras a regresar al Popocatépelt en diciembre, esta vez sin compañero de aventura. Mi intención era clara, a mediados de diciembre tendría que estar físicamente apto para duplicar lo hecho en 2012: salir desde Metepec y recorrer al menos 90 kilómetros dentro del Popo, en esta ocasión con mucho más ascenso.

En una salida maratonera sobre la mountain bike durante finales del mes de agosto, tuve una experiencia reveladora. El miedo regresaba a mi vida. Y no es que no tuviera miedo antes, claro que lo tengo todo el tiempo, sea al rodar completamente solo de noche o al ir a altas velocidades, pero lo puedo controlar, así como puedo controlar la bici, puedo contener al miedo. Pero siendo sincero con ustedes, esa sensación de control es una ilusión, porque nada está bajo control de nadie, aunque tu personalidad egomaniática te diga lo contrario.

Regresando a mi narrativa, durante el descenso de regreso a meta había mucha roca suelta, y mi llanta trasera perdía adherencia como si rodara sobre mantequilla, le pedí a mi compañera que me sobrepasara para no frenarla y que ella continuara a su propio ritmo. Tras unos 500 metros me di cuenta de que no podría alcanzarla y me propuse bajar a un ritmo decente. Sin embargo tras un par de kilómetros el camino se adaptó un poco más al compuesto de mi neumático y me propuse alcanzarla que ya me aventajaba por unos 45 segundos. El camino es un singletrail totalmente en descenso, con zonas muy técnicas y rocosas, además del lado izquierdo llevas al cerro y del derecho un barranco de unos 50 – 60 metros de profundidad, literalmente hay 40 o a veces menos centímetros entre tus neumáticos y poner de luto a tu familia.

Circulando a unos 25 km/h llegué a una curva a la izquierda, amarré la llanta como es mi costumbre antes de afrontarla pero mi llanta delantera se clavó en un montículo de rocas y me fui de boca en dirección hacia el barranco, afortunadamente pude liberarme de la bicicleta y caer de rodillas antes de que ambos cayéramos cuesta abajo. Me golpeé fuertemente la entrepierna y el coxis, pero la peor parte se la llevó mi bici: golpe contundente al tubo superior del cuadro. Afortunadamente, al ser pobre, mi cuadro es de aluminio y no carbono, además de que al ser de buena calidad sólo tuvo marcas superficiales que después serían reparadas en el taller con un poco de pintura, algo de cera para pulir y mucha paciencia.

Evité nuevamente la tragedia, pero aquí si me pasó factura, al punto de no poder montarme sobre la bicicleta inmediatamente, la llevé empujando un centenar de metros hasta que vi que mi compañera me esperaba curvas adelante y entonces tuve, muy en contra de mi voluntad, que volverme a montar en la bici. No lo voy a negar, los siguientes kilómetros fueron los más estresantes del año. No podía sacar de mi cabeza el connato de accidente y el miedo se apoderó de mí, hasta el punto de tener que pedirle a ella que bajara el ritmo considerablemente si pretendía que fuéramos juntos. Ya en una sección plana recobré un poco la confianza y volví a empujar, aunque nunca olvidaré esa sensación de miedo que hacía muchos años no recorría mi ser.

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Llegó septiembre, y con él, las lluvias. Durante las primeras dos semanas del mes eran una cosa maravillosa, enverdecían los campos y bajaban la temperatura al medio día para dejar un ambiente adecuado al atardecer, de hecho hice muchos kilómetros de noche en estos días. Pero a partir del día 14 todo empeoró, las lluvias se intensificaron y muchos senderos de montaña que suelo recorrer se volvieron literalmente intransitables así que me pasé por completo a la ruta y ahí vino el principio del fin. Con casi 1500 km competitivos en mis piernas, el cansancio comenzó a hacerse presente salida tras salida. En el argot ciclista le llamamos “pájara” a un bajón de energía que se sufre momentáneamente, bueno, pues cada vez que emprendía una salida regular a mí me llegaba una avestruz, y muy en contra de mi voluntad me di cuenta de que era el momento de terminar todo.

A mediados de octubre, di formalmente por concluida mi temporada 2013 con un critérium muy divertido pero que me reavivó el dolor de la caída de marzo en las costillas y una vieja lesión en mi rodilla. Los accidentes habían dejado en mí una marca duradera y era momento de parar antes de que algo más grave pudiera pasar. No más salidas rompe-piernas, no más retos más allá de los límites. Mi deseo de volver al Popo en diciembre se vería extinguido y habría que ver hacia el 2014 como una fecha tentativa. Me sentí triste en cierto modo, pero ahora que recapitulo el año en esta entrada me doy cuenta de que no estuvo tan mal, desafortunadamente se quedó lejos de la anterior.

Por un mes entero no tuve intención alguna de montarme en la bicicleta, al principio era el dolor en mi espalda baja lo que me mantuvo lejos del sillín, pero cuando el dolor se fue llegó la indiferencia. Guardé ambas bicicletas bajo llave y a duras penas podía tomar alguna de ellas únicamente para evitar caminar o para darle una vuelta a la ciudad de paseo dominical. ¿Había llegado el final? todo en esta vida me termina por hartar así que ¿sería entonces que al ciclismo le había llegado su momento? Lo llegué a pensar. En mis más oscuros pensamientos vislumbré la posibilidad de vender la MTB y quedarme únicamente la de ruta para salir a dar la vuelta de vez en cuando, y mejor, esperar a que el niño crezca, tenga edad suficiente y sea yo quien lo acompañe al monte o a dar una vuelta por la carretera. Pero no, nada que realmente ame me termina por hartar, y hay pocas cosas en la vida que amo más que el ciclismo. Sólo era cuestión de replantear las cosas y ejecutarlas de manera adecuada.

A partir de mediados de noviembre he regresado a entrenar, de hecho hace un par de semanas hice unos muy decentes 44 kilómetros en MTB con mucho ascenso, pero ya miro hacia 2014. En este mes de diciembre, próximo a comenzar, me dedicaré a prepárame a consciencia para que las viejas lesiones se vayan y no aparezcan nuevas. Tengo que replantear muchas cosas, hace casi un año me proponía hacer aventuras que definitivamente no puedo lograr de la noche a la mañana: triatlón, más ascenso en ruta, rutas larguísimas en MTB … hay que ser prudentes, y sobre todo realistas. De aquí en adelante regresaré a critériums y a ciclismo de montaña de larga duración, pero sin arriesgar tanto, creo que a final de cuentas se puede uno divertir igual pedaleando un poco más lento y sobre todo arriesgando sólo lo necesario. ¡2014 ahí vamos!

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