Vivir al límite

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Hace un par de días platicaba con alguien sobre el deplorable estado físico de mi bicicleta de montaña: – “Está sumamente golpeada y la has reparado ya varias veces en apenas dos años, mira la mía, intacta, con apenas un raspón por debajo de los platos de transmisión”, a lo que sólo pude atinar a decir: – “¿Tú crees que las caídas no pasan factura?”, me respondió: – “te caes muy seguido, yo nunca me he caído” … y en efecto, por lo menos una caída de consideración al mes rodando en la montaña, pero ese es el problema de ir todo el tiempo al límite, con el cuchillo entre los dientes, dirían los de antaño.

Y miren que sí valoro mi salud, ¡y mucho!, pero ese sentimiento que se produce al estar en riesgo es algo que no cambiaría por nada, al menos no por ahora. El año pasado tras senda caída con mucha sangre de por medio mi madre me decía “tienes que ir con más cuidado”. Voy con sumo cuidado, pero cuando se va, nuevamente al límite, cualquier precaución es poca, y eventualmente la catástrofe llegará, poco se puede hacer al respecto.

Sin embargo esta entrada no es sobre ciclismo, es verborragia al más puro estilo de La Teoría del Universo en Forma de Dona, y bien puede ser la conclusión definitiva de esta entrada, esta otra y esta también. ¿Por qué algunos seres humanos hacemos cosas que nos ponen en total riesgo? yo tengo una explicación simple: no es por dinero, mucho menos por reconocimiento, … ¿placer? ¡claro que no!, en mi caso creo que es porque ese tipo de cosas le dan sabor a la vida, la acción es el jugo como diría Michael Cheritto.

Justo hace tres años, cada tarde de lunes hacía algo realmente riesgoso, no entraré en detalles pero no era nada que afectara a otras personas por si lo están asumiendo, ni mucho menos algo ilícito. Y así continué por varios meses. Yo sabía que el día que algo fallara todo se iba ir al demonio. Y muchas cosas podían salir mal: durante 20 minutos estaba totalmente expuesto y sin apoyo alguno, para luego pasar algunas horas siempre a la expectativa. Pero llegaban las cuatro de la tarde y me disponía a emprender mi camino. El sentimiento era indescriptible, “¿cómo rodar a 60 km/h en descenso del cerro?”, ¡que va!, como tres veces eso.

Eramos, porque yo no iba solo, metódicos, quirúrgicos, controladores y hasta precavidos, pero éramos unos jugadores, y cuando juegas puedes perder. El riesgo nunca se iba. En un par de ocasiones tuvimos que abortar la misión (término que utilizo con el único fin de darle un toque de intriga a la trama porque no había misión alguna), y ¿sabe estimado lector? me encabroné como pocas veces en la vida, aún sabiendo que eso era quizá lo mejor. Yo vivo bajo un lema: “lo que no debe de ser, no será” y creo que en esas dos ocasiones, el hecho de no poder continuar debió haber sido lo mejor que nos pudo pasar.

En todo esto yo llevaba el mayor riesgo de por medio, diría Don Javier: “así es esto a lo que nos dedicamos, nuestros éxitos nadie los conoce, nuestros fracasos son divulgados por todas partes”. La otra parte de “mi equipo” la tenía simple, si algo salía mal me culpaban a mí y listo, pedían una disculpa jurando no volver a hacerlo y a dormir a casa, como si nada hubiera ocurrido. Pero ser la variable de interés en esa ecuación creo que era lo más emocionante, excitante usando palabras más propias.

En algún momento durante todas esas tardes, sistemáticamente y sin falta, me llegaba el pensamiento a mi cabeza “¿qué demonios hago aquí?, esto es muy riesgoso, ¿realmente esto vale la pena?, todo puede salir mal”, pero poco a poco se diluía en la armoniosa pauta que daba la adrenalina del momento. Continuábamos, por algunas horas, y justo al caer el sol era momento de regresar, ahí venía el momento de mayor riesgo, justo entonces el pensamiento de “si salgo bien de esta, no regreso la próxima” llegaba a mi ser.

Avanzábamos en medio de los últimos rayos del sol y tras unos cuantos minutos más era el momento de terminar la jornada, siempre fue la elocuencia del movimiento, la maestría de lo bien realizado. El discreto encanto de vivir al límite y vivir para recordarlo. Bajaba del auto sin mirar atrás, y reconfortado por haber salido bien librado ese día, dejaba el lugar. Nuevamente por mis pensamientos rondaba la idea de “esto es realmente peligroso”. Y pasaban siete días más, muchos de ellos en total ansiedad para regresar y continuar. Me volví, eventualmente, dependiente a ello.

En este vivir al límite (título tomado del nombre asignado en España a la pelí “The Hurt Locker”) hubo ocasiones dónde para incrementar el riesgo, documentar el momento, burlarme de la situación o simplemente porque me daba la gana hacerlo, sacaba de mi bolsillo el teléfono móvil y me disponía a grabarlo todo. Esas grabaciones fueron eliminadas del disco duro hace algún tiempo, y ya ni siquiera recordaba que las tenía. Ahora que lo pienso con más detalle, creo que grababa las cosas más que nada para ver la vida a través del lente, y creer que lo que pasaba no era real y que si algo salía mal, era tan sencillo como apagar la TV.

¿Algún día salió algo mal? no, jamás, de agosto a noviembre de 2011 todo salió perfecto. Bueno, casi. Un viernes de ¿octubre? decidimos dar “doble turno” ¿por qué no? al fin de cuentas todo salía bien. Craso error. La elocuencia del movimiento se vio alterada. Y en realidad el problema no fue ese, el verdadero problema fue habernos confiado, sentirnos indestructibles, casi intocables. Perdimos el miedo, cruzamos el límite. Ahora sí, jugamos con fuego.

Recuerdo esa mañana como si hubiese sido ayer. Me desperté temprano, la adrenalina estaba presente, incluso en mayor medida porque en el fondo sabía que algo iba a salir mal. La primera parte ocurrió sin contratiempos, de hecho, haber cambiado a la mañana simplificaba las cosas al principio. Continuamos y justo antes de la segunda etapa todo se vino abajo. Por un segundo pude ver a lo lejos como lentamente avanzaba hacia mí la catástrofe. Todo pasó en cámara lenta, primero puse a salvo a “mi equipo”, respiré profundo, medité las acciones que iba a ejecutar, tomé nuevamente otro riesgo, no quedaba de otra y listo a afrontar las cosas.

Debieron haber pasado a lo máximo 30 segundos, pero mi vida pasó completa a través de mi ojos sólo para imaginar lo que vendría. Pensé “¡pff, y los viernes suelen ser tranquilos en esta etapa!”. Creo que en el fondo de mí algo quería que esto ocurriera, para que de esa forma todo se acabara, en cierto modo ya no disfrutaba del todo lo que ocurría en mi vida. Pero casi de manera programada todo salió como lo hubiese deseado y al cabo de algunos minutos estábamos de vuelta a la acción; pero habíamos perdido el control de la situación y en lo posterior seríamos vulnerables si nos volvíamos a salir del guión. Un pésimo guión por cierto.

Eventualmente llegó el momento de decir adiós, por lo menos a esos lunes radicales, terminamos abruptamente con la elocuencia del movimiento justo antes de diciembre de ese año. Y periódicamente por los próximos años lo que quedaba del equipo y yo, nos reuníamos a hacerlo de nuevo de vez en cuando. Febrero, julio y finalmente noviembre de 2012. Pero ya no era lo mismo, el riesgo ya no se disfrutaba del todo. Sólo el 30 de noviembre pude sentir algo de ese mundano placer que da la adrenalina, sólo para caer en cuenta de que no valía la pena y huir, lo más lejos posible para buscar refugio, quizá de mi mismo.

En 2013 regresé un par de veces creo, algo de acción, pero ya no era lo mismo. En junio pasado lo volví a intentar sólo para comprobar que todo en esta vida me termina por hartar y por fin dar por terminada esa etapa en mi vida. Ahora sé que jamás volveré, ¡nunca lo volveré siquiera a intentar! y siento una calma indescriptible. Todo tiene un ciclo y este ha concluido.

De toda esta historia podemos sacar muchos aprendizajes. Vivir al límite es genial; te hace, valga la redundancia, sentir vivo; sin embargo hay que ser cuidadosos, muy precavidos, pese a que el riesgo es algo genial debemos estar consientes de que siempre podemos hacer las cosas de mejor manera.

Al final de cuentas no me arrepiento, nunca le hicimos daño a nadie y esa es mi forma de ver la vida, fuimos felices, valió la pena. Algo aún más importante es darse cuenta de que todo tiene un fin. Y que por salud mental y respeto propio es mejor darse cuenta a tiempo, cuándo el fin ha llegado. Para nuestra historia, el fin llegó a mediados de 2012, y no lo pude entender.

Finalmente, ya en un plano de reflexión posterior, ¿por qué lo hice? ¿por que vivir al límite tanto tiempo?, creo que la respuesta es simple: “sólo por que sí”. Porque como George Leigh Mallory, montañista pionero en escalar el Everest, dijo: “lo único que obtuvimos de esta aventura fue la pura alegría de vivir”. Concluyo esta reveladora entrada citando nuevamente a Mallory:

La suerte está echada. De nuevo por última vez avanzamos por el glaciar de Rongbuk en pos de la victoria o de la derrota final. Toda la arista somital y la cumbre del Everest se hallaban despejadas. Mis ojos quedaron fijos en el pequeño punto negro que se recortaba en una cresta de nieve situada debajo de un resalte rocoso de la arista; el punto negro se movió. Entonces apareció otro punto negro que se desplazó por la nieve hasta reunirse en la cresta con el primero. Éste se aproximó entonces al gran escalón rocoso y al poco apareció en lo alto; el segundo le imitó. Entonces toda aquella fascinante visión se desvaneció, una vez más, envuelta en nubes

Texto copiado de las últimas anotaciones de Mallory hechas en junio de 1924 justo antes de emprender su último intento para conquistar la cima del Everest. Nunca se volvió a saber de él. El 1 de mayo de 1999, una expedición encontró su cuerpo. Estaba en buen estado de conservación, boca abajo, a unos 521 m de la cumbre, pegado a la roca. Tenía la tibia y el fémur de la pierna izquierda rotos. Como no fue posible despegar los restos tumefactos desde la roca sin destruirlos, se cubrió con rocas en forma definitiva.

¿Mallory llegó a la cima antes de morir? El hallazgo no resolvía la incógnita, los miembros de la expedición buscaron con ahínco la cámara de fotos que portaba Mallory. Técnicos de la firma Kodak habían asegurado que debido al tipo de película que se usaba en aquellos años, y a la conservación a bajas temperaturas, aún sería posible revelar las fotos que se hubieran hecho en la cumbre. El mismo grupo que encontró el cuerpo de Mallory volvió a la montaña en 2001. Ese año encontraron el campamento C6 establecido por los pioneros el día anterior a su muerte, pero no pudieron dar con el cuerpo del acompañante de Mallory.

En 2004 y 2005 nuevas expediciones trataron de dar una respuesta al misterio de Mallory, pero no pudieron aportar nada nuevo. No son pocos los expertos que afirman que hay pruebas irrefutables de que Mallory llegó a la cima antes de morir. Entonces todo valió el riesgo, el gran riesgo.

Everest

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