Crónica de un accidente anunciado

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En días pasados hablaba del riesgo que conlleva ir al límite todo el tiempo. Describía cómo hay pocas cosas en la vida que produzcan la misma sensación que se genera al estar en riesgo. Algunos le llaman adrenalina, otros dicen que es dopamina, y sea lo que sea debo afirmar que es algo adictivo. Hace más de una semana tuve un grave accidente, el más grave del año, y los días posteriores, además de estar llenos de dolor físico y la imposibilidad de subirme a la bicicleta por tres días, me sirvieron para realizar un ensayo de reflexión personal que hacía años no realizaba. Todo vino a concluir con algo que observé el pasado sábado y que me ha venido a dejar otra enseñanza.

El domingo de la semana antepasada se celebró cerca de casa la carrera final del campeonato de ciclismo de montaña de la región, como lo dije a inicios de año: eso de andar participando en eventos competitivos como si me pagaran por hacerlo ya no me interesa. Sin embargo ante la inquietud de mi hermana por ir a ver la carrera decidí acompañarla. Salí temprano de casa para alcanzar a mi hermana en su casa y juntos llegar a la carrera. Como sólo iba a ir a observar el evento no me coloqué casco ni guantes ni nada de lo que se suele utilizar ante una verdadera salida de MTB. Sólo me coloqué mis Oakley RazorBlades y mi casquetteur del Team Movistar.

Llegamos temprano al lugar pero la carrera ya había iniciado minutos antes. Fuimos entonces hacia la zona final de descenso dónde alcanzamos a ver a los líderes de la categoría Elite. Tras varios minutos de ver y alentar a algunos conocidos que participaban me decidí a subir sólo a la parte superior del cerro por un camino alterno para ver cómo comenzaban a descender y tomar algunas fotos. Minutos más tarde comencé el descenso hacia donde estaba mi hermana. Iba en la 29er y como es de esperarse se alcanzan velocidades de infarto al intentar bajar por senderos muy poco técnicos. Recordemos que no llevaba casco, nuevamente estar en riesgo es emocionante.

Terminó el evento pasado el medio día, felicité a dos conocidos, platiqué con un amigo que también es mi mecánico experto de confianza. Pasé algunos minutos más viendo un cuadro de una Specialized Stumpjumper M4 ¡de 1998! Tengo unas ganas enormes de armarme una MTB de los noventas con piezas de la época aunque no me resulten funcionales. Barajé por varios minutos la posibilidad de regatearle al vendedor del cuadro e ir al cajero a retirar el dinero y comprarlo. Pero me desanimé al recordar que la M2 Team Edition de Ned Overend de la que estoy enamorado traía cantilevers y no v-brakes como este modelo.

Hora de ir a casa. El plan era sencillo: tomar una avenida que lleva a la zona dónde mi hermana vive, girar de regreso e ir a casa para comer con mi familia, ir de compras y regresar a descansar. Las primeras tres cuadras las circulé a una velocidad prudente, en esa zona los camiones de transporte público son realmente peligrosos y no tenía sentido ir rápido. Pasando una avenida que conecta el norte con el sur de la ciudad el tráfico aminoró y un poco ansioso por llegar a casa decidí acelerar un poco. Salté un tope y pedaleé a fondo, avancé unos 300 metros y había otro tope de gran tamaño. Me decidí a saltarlo para probar el ajuste que le había hecho a la horquilla delantera en cuanto al rebote.

Según el GPS iba a 39.6 km/h en el momento que salté, y seguramente así fue, porque me elevé varias decenas de centímetros del piso y entonces sobrevino la catástrofe. En el aire sentí claramente como el peso de la bicicleta me ganó. Salté a mucha velocidad y sin la precaución suficiente, me confié, acepto completamente mi error. Además de todo, quise hacer en una bicicleta de 29 pulgadas (de más peso y con una geometría muy distinta) lo que hago en mi habitual bicicleta de 26 pulgadas. Ya en el aire supe que eso no iba a terminar bien, y así fue.

No recuerdo con total exactitud la caída, jamás perdí el conocimiento pero mi cerebro bloqueó esa parte. De hecho si sé con exactitud el lugar de la caída es porque revisé el registro del GPS y por lo que mi hermana, que venía algunos metros atrás de mí, me dijo. Mi recuerdo es vago, recuerdo el golpe pero muy difusamente. Mi hermana dice que en el aire se descompuso el salto caí sobre la llanta delantera, la horquilla absorbió el golpe pero yo no pude controlarlo y perdí mi posición sobre el manubrio. La bicicleta quedó detrás de mí y entonces me fui de lado directo a golpear la banqueta. Afortunadamente no había autos estacionados, y el transporte público que venía detrás de mí lo hacía al menos a 50 metros.

A partir de este momento recuerdo todo con total nitidez. Por inercia intenté levantarme pero no pude. Me senté en el piso y maldije dos veces. En ese momento mi hermana se acercó a mí y quitó la bicicleta del tráfico, me observó fijamente y me preguntó si estaba bien, a lo que dije que sí. Por su expresión y al ver a una persona intentar cruzarse la calle para ver mi estado supe que me había lastimado seriamente. Me dolía mi pecho y sentía un golpe en la nariz, labio, dientes y barbilla. Escupí y no noté mucha sangre. A los pocos segundos me puse de pie y continué. Mi hermana se acercó ya montados ambos sobre la bicicleta para volver a cuestionar mi estado de salud y en el reflejo de sus lentes pude notar que me había hecho mucho daño en la cara.

A las dos cuadras perdí toda la fuerza en mi mano derecha y la vi llena de suciedad. Ahora sí había sangre que salía de mi cara. Supuse que me había rebanado el labio de la forma en que ya me había pasado hace 20 años casi de la misma manera. Los dientes estaban en su lugar y eso me reconfortó. La rodilla me pulsaba mucho y noté que también tenía una seria herida. Llegamos a casa de mi madre sólo para verme en el espejo y observar que tenía una seria herida en la nariz, labio y barbilla. Pedí que me limpiaran y me curaran porque creo que entré en shock al ver las heridas. Empecé a sentir mucho frío, aun cuando afuera hacía unos 30° centígrados. No sentía dolor pero definitivamente estaba en shock. No me había pasado algo similar, repito desde hacía 20 años, cuando apenas era yo un niño.

En total consciencia pude observar cómo limpiaban las heridas de mi cara, eran raspones solamente, profundos pero no a nivel de cortaduras que necesitaran ser suturadas. Me pusieron gasas para absorber la sangre que salía y tratar de contenerla ahora que mis heridas estaban ya limpias. Siguió mi codo izquierdo, estaba destrozado, una herida de por lo menos diez centímetros pero nuevamente no tan grave. Mi rodilla derecha y mi muslo del mismo lado estaban muy golpeados. Lo más impactante fue ver mis tobillos con sendas cortadas de 15 centímetros a cada lado. Tras 30 minutos dónde el mayor problema era el frío y no el dolor estaba listo para ir a casa. Avisé por teléfono que tuve un accidente pero que estaba “bien”, era prepararlos para la dantesca escena el verme llegar.

Tuve que recorrer los tres kilómetros que separan el lugar dónde estaba de mi casa sobre la bicicleta. Otra vez, el mayor problema era el frío que sentía al grado de que se me congelaron los pies. Tras unos 100 metros recorridos no pude volver a poner la mano derecha sobre el manubrio, estaba muy hinchada mi muñeca y se veía muy amoratada. Me la vendaron a alta compresión para soportar pero esos metros hasta casa fueron los más tortuosos del año. Tras diez minutos, en un día normal me tardo 3, llegué a casa y me dispuse a descansar. Pero antes me quité la playera y observé el enorme golpe en mi pecho del lado derecho. Eso iba a doler más tarde. Tras un par de horas tirado en el sillón de la sala subí a mi habitación y decidí ver una película. El dolor en la rodilla, muñeca y pecho ya eran insoportables.

Me dispuse a ver “8 mm” con Nicholas Cage, vaya complemento a esa sangrienta tarde de otoño. Comí algo, bebí líquido y descansé un par de horas más. Fue el momento de tomar medicamento para el dolor. Pasé toda la tarde con mucho dolor en la muñeca esperando lo peor. Sabía que no había fractura, no hubiera soportado tanto dolor, pero el problema definitivamente no era menor. Tomé un baño y me dispuse a dormir. Durante toda la noche me desperté periódicamente por el insoportable dolor. En mi mente rondaba el “no me vuelvo a subir a la bicicleta en 20 años”.

A las 5:00 am del lunes estaba ya despierto, ya podía mover la muñeca pero casi no podía hablar debido a la hinchazón del labio. Cojeaba un poco de la pierna derecha, mis heridas ardían mucho pero estaba dispuesto a levantarme para ir a trabajar. A media mañana ya estaba pensando nuevamente en subirme a la bici. Esto no ocurriría sino hasta el miércoles cuando intenté hacer la clásica prueba de rodar alrededor de la manzana. No pude. El dolor era muy fuerte en la muñeca y en el pecho debido a que todo mi peso recae sobre ellos por la posición tan baja que llevo en la bicicleta. Tuve que postergar un día más para volver a la bicicleta.

En todos estos días alejado de la bicicleta pude reflexionar varias cosas. Acepté mi error y sé que no lo volveré a cometer, en ese sentido estoy tranquilo. Por otro lado debo de ser más cuidadoso, esto de ir al límite todo el tiempo ya no me está gustando del todo, y no es por mí. Créame estimado lector, pese a los difíciles días que tuve la semana pasada, y a la fea experiencia de ese domingo no tengo miedo ni he perdido confianza para rodar en la bicicleta. De hecho, esa era la razón por la cual quería subirme de regreso lo más pronto posible. Allá en 1994, cuando me caí casi de manera idéntica, tardé dos meses en volver a subirme a la bicicleta, y perdí mucha seguridad por el accidente. Afortunadamente esto no pasó ahora.

Lo que sí me pasó factura fue la reacción de mi familia y lo que pudo haber traído consigo este accidente. Ver la cara de la gente que amo al momento en que observaban mis heridas no es grato, se les mira mucha preocupación por mi persona y los actos irracionales que comúnmente cometo. Eso es algo que no estoy dispuesto a pagar. Puedo soportar el dolor de los golpes, de las curaciones y de los días posteriores; pero no soporto ver la preocupación de los que me quieren. Por otro lado, no me fracturé la muñeca derecha gracias a Dios, y lo digo tal cual, miro el estado que a semana y media del hecho guarda mi muñeca y me sigo preguntando cómo no me la rompí. Sólo puedo afirmar algo: ese día Dios estaba conmigo.

En ese caso, si me hubiera lastimado aún peor, de modo que no pudiera ir a realizar mis actividades profesionales, entonces eso sería algo que tampoco estaría dispuesto a permitir. Como siempre lo he dicho: no vivo para trabajar, pero desafortunadamente sí trabajo para poder vivir. Creo que ha llegado el momento en mi vida de revalorar todo esto y ser mucho más precavido, definitivamente.

En una plática posterior con una persona, ella me decía: “Dios manda señales que debes ser capaz de entender”, no creo que esta haya sido una de esas. Esto pasa, caerte de la bicicleta viene en el paquete que compras con la bici misma. Me he caído tantas veces en más de dos décadas completas de rodar que ya ni siquiera tengo memoria de todas ellas. Yo siento que cuando es el momento, es inevitable. Estas “señales” no creo que sean de tal modo. De cualquier manera he cobrado consciencia de lo peligroso que la calle es y que pese a no estar compitiendo debo de ser igual o incluso más cuidadoso cuando circulo de un punto A a otro B dentro de la urbe en la que vivo.

Esto me lleva al pasado día sábado: circulaba en una calle dónde a menudo pasan camiones pesados, iba yo camino a recolectar una pieza para mi bicicleta. Rodaba lento en el extremo de la derecha, aún me dolía la muñeca. De pronto veo a un ciclista tirado en el piso boca abajo sin moverse, mi reacción inmediata fue detenerme para quitarlo del arroyo vehicular y ayudarlo, pero al acercarme noto como hay mucho líquido cerca de su cabeza y en todo el piso, sin pensarlo giro la cabeza hacia otro lado y hago como si no lo hubiera visto. Mi ayuda ya no era necesaria. En las noticias me entero que fue arrollado probablemente por un camión causándole fractura de cráneo, ahora entiendo que fue lo que vi tirado en el piso.

Es típico, en estos casos ya no te detienes porque no quieres ver lo que te puede pasar, por eso mismo yo no voy a funerales. De cualquier forma sigo pensando que cuando llega el momento de partir ya nada se puede hacer. Aunque seguramente este accidente se pudo haber evitado, había baches en el piso antes del accidente, la persona que circulaba sobre la bicicleta seguramente perdió el control, cayó y lo atropellaron; o directamente el conductor del camión pudo haberlo arrollado, de cualquier modo creo que para esta persona de 53 años aún no era el momento de irse.

Esto me deja algo muy claro: yo aún quiero estar mucho tiempo más con mi familia, así que debo ser cuidadoso por ellos y evitar acelerar el inevitable momento de partir. No tengo miedo, porque como reza el Bushido Samurai:

“Un samurai debe tener valor heroico. Es absolutamente arriesgado. Es peligroso. Es vivir la vida de forma plena, completa, maravillosa. El coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.”

De cualquier forma todo queda en manos de Dios, porque yo confío en Dios, él está conmigo.

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