Phablets: Todo tiene un límite ¡carajo!

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Cuando el iPhone original llegó al mercado fue un verdadero cambio a la tendencia usada para construir teléfonos, su form-factor vino a “revolucionar” el mercado y pongo “revolucionar” entre comillas porque ya había teléfonos similares al iPhone en cuanto al concepto de una candybar de pantalla táctil y funciones parecidas a una PC, no hay que ir muy lejos, en ese entonces yo usaba una HP iPaq de un concepto similar. Pero Apple supo vender bien su producto y atinó en muchas cosas que le habían fallado a otros fabricantes. Uno de esos grandes aciertos fue la enorme (para la época) pantalla de cristal con 3.5 pulgadas táctil y se quedó como estándar en cuando a tamaño para los smartphones de los próximos años.

Recuerdo en el 2011 haber visto (y manoseado un rato) el Samsung Galaxy S de un amigo, sus 4 pulgadas de pantalla me parecían realmente excesivas, tenía mis serias dudas sobre andar cargando un aparato de 25% más tamaño que mi iPhone. Sentía que no era una opción. Cuando la Galaxy Note salió al mercado no pude hacer otra cosa más que esbozar una sonrisa burlona y pensar ¿qué tipo de persona usa algo así?, y con la llegada de la Note original se abrió el mercado para las llamadas phablets, una mezcla entre smartphone (por concepto) y tablet (por tamaño), ningún modelo captó mi atención.

Cuando llegó el momento de reemplazar mi iPhone elegí un Motorola Razr de 4 pulgadas, no había nada de menor tamaño en el mercado con un desempeño que estuviera a la altura de mis necesidades. Di un paso hacia usar pantallas de más tamaño. La diferencia no fue notoria en la portabilidad del aparato, más sin embargo el extra de pantalla si repercutió a la hora de consumir material y hasta en producirlo. Yo me había acostumbrado a una pantalla más grande así como el mercado mismo. Las pantallas de las phablets siguieron creciendo a los 5.5 pulgadas, 5.7, 6 … y seguramente se detendrán en 7. Yo ya estaba listo para algo de más tamaño en mi smartphone.

Caí presa de la fiebre de las phablets a inicio de este año. Un compañero del trabajo llegó a embriagarse a mi casa en el mes de enero pasado y entre cerveza y cerveza sacó su flamante Samsung Galaxy Note 3, me mostró como había reemplazado su laptop y tablet por ese teléfono de gama alta. Me gustó tanto el demo que al día siguiente vendí mi tablet de 7 pulgadas y me compré una phablet de 5.5, sin embargo mantuve mi otro terminal de 4 pulgadas para aquellos momentos dónde no conviene llevar algo tan grande en el bolsillo, digamos cuando salgo a andar en bicicleta.

Estoy más que contento con mi phablet de LG, su procesador QuadCore y sus 2 GB de RAM son suficientes para correr cualquier app que le aviente y con ello hace el 75% de las tareas que normalmente hacía con mi MacBook, ni que decir de lo que hacía con el iPad, esa sólo la uso para ver YouTube, Twitter y consumo de contenido digital, amén de uno que otro juego. Mi phablet me sirve para ver multimedia, leer libros, editar ocasionalmente documentos de Office, la he usado para prácticamente todo, es más, ya no cargo con mi laptop a todos lados, signo inequívoco de que me es muy útil.

El único inconveniente real es el tamaño, digan lo que digan, llevar algo así en el bolsillo no es natural, y olvidense de las estúpideses de que se llegue a doblar como el iPhone 6 Plus, sólo me refiero a andar de un lado a otro con una phablet en el bolsillo del pantalón de mezclilla; tampoco es natural su tamaño a la hora de contestar llamadas o intentar operarlo con una mano, pero creo que sus ventajas le dan el valor necesario sobre sus desventajas, mi próximo terminal primario volverá a ser, sin lugar a dudas, una phablet.

Pero todo tiene un límite. Hoy mientras atendía a la llegada de la caravana de autos de la Carrera Panamericana para un servicio intermedio pude observar a un tipo de unos 40 años con una phablet de, fácil, 6 pulgadas o más, no pude ver el modelo con detalle, ni siquiera sé la marca pero sí estoy seguro de que era de más de 6 pulgadas por lo estúpido que lucía el personaje con semejante teléfono al lado de la oreja. Su mano permanecía totalmente extendida para tomarlo mientras realizaba una llamada y fácilmente el terminal cubría la mitad de su cara, una salvajada de teléfono.

El detalle curioso vino cuando terminó la llamada, bajó la enorme phablet, intentó meterla en su bolsillo, perdió el control de la misma y cayó estrepitosamente al piso sólo para hacerse añicos contra el pavimento, ahora el tipo lucía aún más estúpido hincado frente a la multitud intentando recolectar cada uno de los pedazos de su teléfono. Se los dije, todo tiene un límite, hasta la ergonomía y usabilidad de un teléfono, derivadas de su tamaño. Creo que 5.5 pulgadas es el límite para una phablet, pulgadas más causarían problemas como este. Esa es mi humilde opinión.

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