Dueños de las calles

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Actualmente vivo en una ciudad pequeña, mi ciudad natal: Tehuacán en el estado de Puebla, México. Debe tener unos 250,000 habitantes y no llega a 300,000 en su área conurbada. La ciudad tendrá un radio de unos 3.5 kilómetros, así que de extremo a extremo en un día congestionado te debes de hacer unos 25 minutos en automóvil, exagerado. Tiene poca industria, comercio acorde a su tamaño, lo mismo que instituciones educativas y literal, no hay nada entretenido que hacer que no sea salir a montar en bicicleta por los miles de senderos que hay en las montañas que rodean el valle.

Hoy tuve que usar el automóvil para una serie de actividades, muy a mi pesar porque hubiera preferido ir en bicicleta. Ya de regreso a casa circulo en la avenida principal justo antes de entrar a una de las zonas de más auge económico de la ciudad, paso por un Domino’s Pizza y me surge la duda ¿qué tal una pizza para cenar? Estaciono mi auto, un tipo se me acerca y me dice algo, no le entiendo porque no habla del todo bien, no le respondo nada y camino unos 10 metros para entrar a la pizzería, veo el menú, me infarto por los precios, veo sus fraudulentas promociones y me decido ir de ahí lo más pronto posible, algo de mezcla california con jamón y queso será una mejor cena.

Habré tardado cinco minutos como máximo desde que metí el inmovilizador del auto y regresé. Cuando enciendo las luces y marco mi intermitente para incorporarme a la avenida, el mismo tipo que me lanzó palabras que no entendí se acerca nuevamente y me dice: “son 10 pesos”, ¿$10 MXN (unos $0.74 USD)? A lo que respondo “¿por qué o para qué?”, nuevamente en palabras que apenas logro entender escucho “por estacionarse”, ¿en serio? ¡$10 por menos de cinco minutos! ni en Rodeo Drive ha de estar tan caro el minuto de estacionamiento. De manera amable le respondo “no tengo dinero, déjame salir”, el tipo este impedía el paso de mi auto. Y en verdad, no llevaba dinero, sólo electrónico.

“Esa es la cuota güero por pararse aquí y (inaudible)” me vuelve a señalar, un poco desorientado y de mala forma le pregunto que quién es él para cobrarme esa cuota a lo que me responde: “esta es mi calle y yo (inaudible)”. Bueno, pues en ese momento abrí la puerta del auto, bajé de el, inmediatamente afloró en mí el Phillip H. Anselmo que vive escondido y lo mandé al diablo, lo señalé con el dedo y le dije un diplomático “si no te quitas del camino vas a tener problemas”, me dejó salir no sin antes soltar cualquier cantidad de improperios sobre mí y mi madre, al final me lanzó una botella de plástico vacía sobre el parabrisas. Ganas no me faltaron de bajar del auto, golpearlo en la boca, patearle las gónadas, hacerlo que perdiera el conocimiento y entonces dejarlo tirado a media acera con los pantalones abajo y con un cartel que dijera “háganme el amor, así me gusta”, pero además de jocosa, esta situación hubiera sido impropia.

Este pendejo monumental es uno de los cientos de viene-viene o franeleros que abundan en las calles de México. Su labor, además de apropiarse de las calles y estacionamientos públicos (y privados) es indicarle al conductor como maniobrar en reversa o salir de un cajón de estacionamiento. Yo no los necesito, llevo 20 años manejando autos y créame estimado lector, sé manejar marcha atrás y también sé incorporarme a una vía de tránsito sin asistencia de un pobre diablo que no tiene mejor cosa que hacer. De hecho estos grandísimos pendejos lejos de ayudar sólo causan problemas, déjeme le cuento una desafortunada anécdota.

Hace ya varios años, unos cuatro quiero suponer, maniobraba en reversa para salir de un cajón de estacionamiento en un centro comercial en plena fecha navideña, un anciano que ha de haber tenido una vista de murciélago y un cerebro del tamaño de una nuez, se coloca justo detrás de la camioneta para “indicarme cómo salir”, su posición aunado al tamaño de la camioneta y a la rueda de refacción, que va montada justo atrás del cristal trasero, hicieron mella en mi percepción del entorno, por un segundo perdí de vista un poste de concreto que estaba justo detrás y mientras intenté ver que no vinieran personas u otros autos el tipo este se mueve y ¡bang! golpeé ligeramente el poste con la fascia trasera.

Descendí del vehículo y noté como se dobló la parte plástica, pero la peor parte se la llevó la luz trasera que se quebró en su parte baja. ¡Puta mierda!, claro que fue mi culpa, pero si este idiota no hubiera estado obstaculizando mi visión entonces hubiera reaccionado a tiempo, se lo garantizo, tanto así que en 20 años es el único incidente que he tenido similar al momento de manejar un auto. Y para colmo de males, el anciano miserable me suelta un “uyy joven, que güey (estúpido en la jerga urbana de México) es usted, no se fijó y ya le pegó”, sin importarme que era una persona de la tercera edad le iba a introducir por su ano la primer rama de árbol que encontrara, afortunadamente para él, mi sobrina pequeña viajaba en la camioneta y no quise que fuera testigo de tan atroz acto.

Y he escuchado historias peores. A un buen amigo le rayaron la portezuela de su Jeep Patriot por no querer pagarle la cuota a un tipo como este en otra ciudad cercana. Me han comentado que te cortan los neumáticos o te roban autopartes, incluso que te agreden físicamente, y no lo dudo ni por un segundo. Estas personas, casi por definición, son la escoria de la sociedad, gente sin educación y que no respeta la más mínima regla de convivencia social. Su situación socioeconómica es precaria y se ven obligados, según ellos, a hacer estas actividades para sobrevivir y llevar algo de dinero a casa.

Esto lo entiendo, México es el país de las desigualdades. Pero lo que no entiendo es por qué toman posesión de un lugar común y lo hacen suyo, tampoco entiendo por qué intimidan y amedrentan para obtener su “propina” y mucho menos entenderé cómo establecen sus cuotas y no le declaran al fisco. Finalmente, nadie los necesita y mayormente son, como ya lo comenté, un problema para automovilistas y peatones. No creo que sea la forma honrada en la que uno se debe ganar la vida. Allá afuera hay cientos de trabajos, mal pagados, pero trabajos, muy desgastantes y cansados, pero trabajos honrados. Así que eso de “tengo que apropiarme de la calle porque es mi única opción” que se los crea su puta madre.

Lo peor es que se reproducen en varias modalidades: limpiaparabrisas por ejemplo, payasos de crucero, tragafuegos, vendedores … en fin, gente que por hacer algo que no quieres debes pagarle algo que quizá no tienes. Incluso ya hay gente que llega a tu casa, fumiga por fuera, hágame usted el chingado favor, y luego te quiere cobrar. No hay que ir más lejos, esto de tener que dar dinero por un servicio que no pediste o que debe ser gratuito es algo tan común como nefasto. Hace tiempo un imbécil se molestó porque no le di “propina” por llevarme la guía telefónica que se distribuye gratuitamente. Y el mal sigue infinitamente, un amigo me comentó que los repartidores de gas L.P. ahora te cobran por colocarlo en tu casa. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Un día de estos le voy a cobrar a usted estimado lector por leer este blog.

Regresando a los franeleros (gorrillas en España o cuidador de automóviles según Wikipedia), son un verdadero problema en muchas partes del mundo, pero lo son porque los han dejado convertirse en ello. En colonias comerciales y concurridas de la Ciudad de México como La Condesa son una auténtica plaga, peor que cucarachas, y pese a los esfuerzos de las autoridades poco se puede hacer al respecto. Pero en Tehuacán es otra cosa. Si el Ayuntamiento Municipal tuviera voluntad, de esa que los políticos y burócratas no conocen, el mal desaparecería. Se organiza un operativo, se les detiene, se les fija una responsabilidad civil por uso indebido de vías de comunicación y hasta por extorsión si me agarran de malas y quiero ver que vuelvan a lugar.

Pero bueno, es soñar, un día de estos les voy a platicar qué hace el “H.” Ayuntamiento de mi ciudad con los indigentes que padecen de sus facultades mentales. Así que nuevamente nos queda actuar a los ciudadanos, no promovamos a este tipo de gente, no les demos dinero así por así, evitemos caer en la confrontación o bien estacionemos el auto en otro lugar, el caso es no permitir que sigan obteniendo recursos que no se merecen y entonces algo debe mejorar, mi punto de vista. Ahora que si quiere hacer estimado lector, lo de la bromita de dejarlos inconscientes y bajarles los pantalones para ponerles su cartel, bueno, pues no diga que obtuvo la idea de este blog y envíeme una foto.

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