El problema con las Matemáticas

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Pues resulta que hoy me llevé el susto de mi vida. Anoche mientras viajaba en el auto se encendió fugazmente la luz indicadora de bajo nivel de aceite, que según el manual de usuario aparece cuando se ha perdido un 25% del total. No estuvo encendida ni un segundo, por lo que supuse que era uno de esos errores de electrónica típicos de este auto europeo que poseo repleto de sensores, actuadores electrónicos y elementos electromecánicos de avanzada que de vez en cuando se les mete el diablo. No presté atención y continué hacia casa.

Pero hoy por la mañana, al salir del trabajo me decido a verificar el nivel de aceite y noto que, según la varilla, hacían falta algo como dos litros, un 45% del total. En completo shock decido ni siquiera encender el motor, verifico el dinero en mi cartera sólo para darme cuenta de que tenía $200 (unos $15 USD). Según lo que recordaba el litro del aceite que suelo usar en el auto ronda los $80, me alcanzaría para dos y con ello rellenar el depósito.

Camino hasta la refaccionaria automotriz más cercana, y por cercana me refiero a 3 km cuesta arriba con un promedio de 15% de gradiente. En el trayecto recuerdo que no sería mala idea comprar un aditivo por aquello de mejorar la compresión y engrosar el aceite. Suelo usar uno llamado Restore fabricado en Estados Unidos que vale la módica suma de $125 en su presentación 3/4 de litro.

Llego al lugar en cuestión y le pido al dependiente me dé dos litros del aceite requerido en la versión más económica. “Uyy, nomás tenemos del Castrol y Mobil 1”. El litro más económico salía en $90. Lo compro, voy a caja pago, me devuelven $110. En ese momento recuerdo que necesito dos estúpidos litros. Pero llego a la conclusión de que mejor compraré el aditivo de unos 500 mL que vale $95 y ya con el nivel más cerca de lo correcto me iré a casa por más dinero para acompletar lo faltante.

Regreso a mostrador y pido el aditivo. Regreso a caja, doy el billete de $100 y la cajera me pregunta “¿tendrá los $5?”, no entiendo del todo la transacción por la conmoción de haber perdido tal nivel de aceite y no haberlo notado, entrego $5 adicionales, me entregan mi nota con el sello de pagado y me devuelven $110. Recolecto el aditivo y salgo del lugar.

Camino una cuadra y pienso “¡momento!, en mi bolsillo hay un billete de $100, me alcanza para el otro litro”, regreso compro otro litro y el tipo del mostrador me dice “compra otro litro y te regalamos una Coca-Cola”, la oferta sonaba razonable, tendría otro litro de repuesto y me iría refrescando en el camino, pero ya no me alcanza la plata. Vuelvo a caja, pago de nuevo, recibo por tercera vez otro producto y me largo de ahí.

Ya cerca del auto me abstraigo de la preocupación por el aceite y pienso: “¡momento! aquí algo salió mal, yo tenía $200, compré dos aceites de litro ($90 x 2 = $180) y un aditivo ($180 + $95 = $275), y todavía me quedan un par de monedas en mi bolsillo”. Vaya, en esta seguidilla de transacciones con derivados del petróleo alguien la cagó monumentalmente. Gracias señorita cajera, sus problemas con las Matemáticas hoy me han ayudado a salir de un apuro e irme a casa con el depósito de aceite lleno.

Esto me recuerda a un profesor de la universidad que ante la imposibilidad de que un compañero de clase despejara una ecuación matemática pudo atinar a decir: “por pendejos como ustedes es que yo puedo llevar comida a casa”. Benditos pendejos, gracias a todos ustedes.

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