No temas a dónde vayas, morirás dónde debas

2015-03-31 10.33.12

O eso decía mi jefe durante aquellos explosivos años de ingeniería aplicada a resolver los problemas más demandantes y absorbentes de los que tenga memoria. Y le compro la idea porque a él le ha funcionado por las últimas seis décadas de su vida. No se trata de ser “miedoso”, pero tampoco se trata de no ser precavido. Al menos así lo veo. Hoy por la mañana, en lugar de tomar mi bicicleta e ir a entrenar como habitualmente lo hago, decidí cambiar la rutina porque contaba con suficiente tiempo para hacer algo que había querido hacer desde hace tiempo.

Desperté temprano, cargué mi Camelbak con algo de alimento, líquido, un improvisado botiquín de primeros auxilios, me puse mi ropa, coloqué mis zapatos de trailrunning, verifiqué la batería de mí teléfono y tomé mí navaja. Mientras desayunaba algo ligero que me diera combustible para la jornada, miré el Google Earth analizando mi sendero. Esta vez tocaba subir a un lugar conocido como las Tres Cruces, a unos 20 kilómetros de casa y subiendo unos 800 metros de elevación con rampas de infarto. Las Tres Cruces es un punto alejado y normalmente solitario en las montañas cercanas a mí casa. Es un paso de montaña que conozco desde finales de la década de los noventas, y que he visitado con frecuencia desde 2009, aunque únicamente en bicicleta.

Esta vez iba a ser diferente, iba ir a pie. Sin usar ningún medio de transporte para la conexión entre la puerta de mi casa y las faldas de la montaña (y de regreso), lo que haría una jornada total cercana a los 40 km. Hacía tiempo que quería hacer esta visita caminando. Aunque para lograrlo quería cambiar los habituales senderos de MTB por algunas subidas algo más escarpadas en favor de hacer un ascenso algo más rápido, porque pasado el mediodía debería estar en el trabajo limpio y dispuesto a cubrir media jornada laboral.

Salí de casa sin haber amanecido aún, troté durante 20 minutos para empezar a caminar sobre caminos de terracería, tras media hora estaba ya subiendo la primer rampa, una que en la bicicleta me quita totalmente el aliento. Todo parecía indicar que el clima me iba a favorecer hoy, parecía tras los primeros rayos del Sol que sería un día templado. Avancé por un camino poco transitado en medio de la maleza propia de la zona, empuñando mi navaja táctica de uso militar, sólo por si se ofrecía. Tras una hora y ya en las entrañas de la montaña recibí un mensaje instantáneo en mí teléfono: – “Cuídate, tengo un mal presentimiento, trata de no hacer cosas arriesgadas sobre la bicicleta el día de hoy ”.

Mientras leía el mensaje, una risa se esbozaba en mí rosto: ¡hoy no haré nada arriesgado! … al menos no sobre la bicicleta. Ni siquiera lo pensé y continué avanzado tratado de escalar una subida más o menos vertical que estaba enfrente de mí. En ese momento pensé un poco en el mensaje, y la preocupación natural que la gente que me ama tiene por las estúpidas actividades de alto riesgo que realizo. Un par de kilómetros más tarde volvió a sonar mi teléfono, sólo para avisarme que mi batería se estaba terminando. ¿En serio? Apenas una hora y 20 minutos antes estaba al 95% de su capacidad, debe estar descalibrada.

Entonces un pensamiento poco habitual llegó a mi mente: “¿y si me pasa algo? No tendría cómo avisarle a alguien”. No suelo ser aprensivo, dejo que la vida siga sin preocuparme de lo que pueda salir mal. Creo que ese mensaje recibido con anterioridad caló en mi subconsciente. Tomé agua, miré hacia atrás y la vista me sirvió de inspiración para seguir. Finalmente, nada malo me podría pasar, y en caso de que algo malo ocurriera, de cualquier forma las posibilidades de que alguien me pudiera ayudar eran pocas o nulas aún con teléfono en mano. Seguí mi camino, siempre con extremo cuidado y arriesgando sólo lo necesario … se puede ir al límite pero sin sobrepasarlo. Llegué al paso de montaña, estuve ahí varios minutos y comencé el regreso.

Al final del día regresé a casa sano y salvo, eso sí, algo deshidratado, con insolación y bastante cansado por el periplo. De todo esto saco la siguiente conclusión: no se puede ir por la vida temiendo hacer cosas, en cualquier ámbito, pero tampoco se trata de hacerlas de manera arriesgada, el secreto pasa por hacer las cosas bien, tener cuidado y ser prudente, cuando se debe; porque como bien dicen: “todo con moderación, incluso la moderación”.

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