Poder decir adiós es crecer

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O al menos eso decía Gustavo Cerati en su afamada “Adiós” del 2006. Hoy por coincidencia observo, de lejos, una situación donde no abandonar el barco a tiempo va a significar hundirlo en la profundidad del océano, hablando poéticamente pero siendo una analogía perfectamente aplicable a este contexto. Este evento me ha hecho reflexionar un poco, y claro, mi sitio web siempre es un buen lugar para esos pensamientos aleatorios.

Al inicio del 2015, el mejor ciclista del mundo, Alberto Contador, anunciaba para sorpresa de muchos que esta sería su penúltima temporada, planeando su retiro a finales del 2016 cuando apenas tenga 34 años cumplidos. En un ambiente dónde la mayoría de los ciclistas profesionales busca prolongar su carrera hasta sus casi 40 años y tomando como mejor ejemplo a Jens Voigt que se retiró a los 41 imponiendo el récord de la hora, era de esperarse la mayúscula sorpresa.

Contador

¿Por qué se va el mejor en plena cumbre de su carrera? Porque así deberíamos irnos todos, desde mi muy particular punto de vista. Es verdad, muchos profesionistas (de cualquier campo) prolongan su carrera lo más que puedan con el afán de obtener los recursos económicos suficientes para asegurarse una vida tranquila posterior al retiro o bien para tratar de mantener su exuberante estilo de vida. ¿Pero a costa de la propia dignidad?

En el deporte profesional es común ver gente por las que sus mejores años han pasado ya y todo lo que hacen es arrastrarse por el campo de juego (cualquiera que este sea) con tal de seguir percibiendo un sueldo. Un grupo limitado se mantiene verdaderamente por pasión a lo que hace, pero es casi seguro que estos notarán cuando esa pasión comienza a extinguirse por la incapacidad de mantenerse competitivos.

¿Y esto ocurre en la vida de cualquier mortal? Claro, yo mismo a mi relativa corta experiencia profesional lo viví. Hasta hace unos años yo tenía el trabajo perfecto, pero llegó un momento dónde mi capacidad de comunicarme con mi personal comenzó a decaer, la relación profesional con el dueño se rompió y los conflictos comenzaron a presentarse casi de manera cotidiana. Así pasé casi un año, afortunadamente yo mantenía a flote el barco, pero quizá no lo guiaba en la correcta dirección.

Finalmente el día final llegó, un año después de cuando debió haber llegado, hoy lo puedo ver así pero en ese momento no. Hoy, con la distancia y la tranquilidad me doy cuenta del craso error cometido al tratar de salvar lo insalvable. En el proceso destruí quizá una de las más grandes y sinceras amistades que he tenido en mi vida adulta. De paso me enemisté con muchas más personas e incluso llegué a desperdiciar una parte de mi vida.

Ahora comprendo que si me hubiera ido a tiempo todo sería diferente. Desafortunadamente ya nada puedo hacer al respecto, pero por lo menos me ha quedado la experiencia y sé que nunca me volverá a pasar. Esto visto desde el plano profesional, pero ¡cómo no!, perfectamente aplicable al ámbito personal también. Nuevamente, poder decir adiós es crecer.

Regresando al caso que me inspiró para hacer esta entrada, veo como la ceguera que algunos tenemos nos impide ver que simplemente ya no somos útiles, que ya somos incapaces de hacer que las cosas ocurran, que las nuevas generaciones vienen fuerte, que ya no evolucionamos; y que lejos de hacerle un bien a la gente que nos rodea sólo los dañamos y tensamos el ambiente.

¿Y qué hacemos en estos casos? ¿irnos definitivamente? Podría ser, la dimisión siempre representará la más noble señal de que somos fuertes, tan fuertes que sabemos cuando dar un paso al costado para propiciar el bien común. Pero ¿y qué sino nos podemos ir por algunas razones? bueno, pues Alberto Contador no se va a ir a pedir limosna, seguramente continuará ligado a su equipo el Tinkoff – Saxo, probablemente como Director Deportivo, pero en pocos años estoy convencido de que pasará a ser un productor de alto nivel de talentos jóvenes que inunden las carreteras de las próximas décadas.

Así pues, estimado lector, sé lo que cuesta darse cuenta cuando decir adiós, pero a veces es más que necesario, si eso que hacemos es nuestra pasión, entonces tratemos de seguir ligados con ello, desde una posición donde nuestras capacidades sean bien aprovechadas, eso nos enaltecerá como seres humanos.

 

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