Engañar a la mente

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Cuando hacía bicicleta, a nivel épico me refiero, constantemente me topaba con situaciones muy adversas. Podía ser una subida eterna en la montaña, o una recta interminable azotada por el viento y sol en la carretera. También podían ser caídas, averías mecánicas, incidentes de cualquier tipo. Generalmente al rodar sobre la bicicleta te encontrabas con momentos bastante desagradables por una u otra razón.

En este sentido, la experiencia juega un papel fundamental. Recuerdo una de mis primeras salidas en la bici de montaña tras mi regreso formal al deporte en 2008. Una puta mierda, a los 4 kilómetros de haber salido de casa me topé con una subida que rápidamente me obligó a poner el pie en el suelo y cargar con mi bicicleta. La siguiente vez que pasé por ahí fue un poco más fácil, y así sucesivamente hasta por ejemplo, hace un par de semanas que regresé curiosamente a ese lugar, fue pan comido. Uno aprende a lidiar con esas cosas.

Terminas dándote cuenta de que sólo se trata de algo que te señala la mente. La mente es poderosa, pero también siempre es negativa. En ella siempre aparecerá el demonio, nunca encontrarás a un aliado. No me malentienda estimado lector, esto del demonio va en consonancia a que siempre estás cansado, tienes flojera, no dormiste bien, siempre te duele algo, siempre hay problemas. Aunque no necesariamente sea así. Creo que uno viene “preconfigurado de fábrica” para que los pensamientos negativos se cuelen en nuestro cerebro.

Y ¿sabe? todo pasa precisamente por engañar a la mente. Darle lo que ella necesita, al final de cuentas es algo que aprendemos desde que somos niños. En el caso de esa subidita de infarto, justo antes de afrontarla (las primeras veces) la veía y me decía a mi mismo “¡vaya mierda! bueno, esto va a doler” y empezaba, pedaleada a pedaleada. En ese entonces tenía el mal hábito de mirar siempre para arriba en busca de mi objetivo, la tan ansiada cumbre, y con cada pedaleada que daba parecía alejarse. Era mi mente jugándome una mala pasada.

Un truco que aprendí para engañarla era afrontar aquella subida en positivo, ahora pensaba “bueno, aquí viene lo bueno, vamos a disfrutar”, una puta mentira, pero poco a poco mi mente se lo creía. Y una vez subiendo nunca miraba más allá de un par de metros delante de mi rueda, no tenía caso. La cima iba a llegar, no hacía falta mirar qué tan lejos estaba. Funcionaba, cada vez que regresaba a aquel lugar las cosas eran más fáciles.

A lo largo de 8 años y miles de kilómetros recorridos, me fui haciendo de un acervo personal de mentiras para mi mente. Trucos para echar a andar un cerebro paralizado por el dolor, por el cansancio, por el calor, por el frío, por el demonio en turno. Algunos eran de lo mas sui géneris. Me decía en ocasiones en total silencio “¡vamos cabrón! nadie va a poder contigo”, era yo mi propia afición, y vaya que si me alentaba con fuerza.

Otra técnica particular era el “tú dale cabrón, nomás que pasemos esta subida nos paramos y descansamos una hora”. Era una mentira piadosa, yo sabía que no me iba a detener, pero me lo imaginaba y pedaleaba con algo más de fuerza. Llegada la cima si bien no me detenía, por lo menos bajaba el ritmo aunque fuera unos segundos o me rociaba agua a modo de premio para mis pobres y abatidas piernas.

Hablando de premios, en varias rodadas tipo maratón (de más de 75 km) siempre llevaba agua, bebida isotónica (Gatorade) y algo de alimento en forma de barras o chocolates. Cuando ya no podía más me decía a mi mismo: “vamos a darle 10 minutos más y te regalo un poco de chocolate y agua bien fría” … y así iba poco a poco, en paquetes de 10 o 20 minutos. Yo no soy mucho de beber o comer sobre la bici, pero a mi mente le caía de maravilla el sabor dulce del chocolate y le encantaba el refrescante sorbo de agua fría.

Un pensamiento que a menudo llega a mi cabeza cuando estoy destruido y quiero tirarme en el piso por varios días es: “vas a estar muerto toda la eternidad”. Cierto ¿o no? dentro de algunos años mi cuerpo yacerá metros bajo tierra por los siglos de los siglos. Ahora que estoy vivo tengo que aprovechar, aún cuando el momento no sea grato, pero seguramente es mejor que estar muerto. Siempre hay que tratar pensar en positivo.

Pensar en la gente que amo era indudablemente el mejor de todos los trucos. Cuando las cosas iban realmente mal, traía a mi mente la imagen de las personas que amo, y de esa manera siempre tenía un impulso que nada podía detener, ellos siempre rodaban conmigo. Llámeme loco si quiere, pero incluso una vez que recuerdo perfectamente, pasé más de 50 km en medio de las montañas más escarpadas a las que he ido a rodar “platicando” con mi abuelito que recién me había abandonado.

Poco a poco he ido trasladando estos trucos de engañar a la mente a mi vida profesional, porque en lo personal he hecho cosas así o peores desde que tengo 14 o 15 años de edad. La mente es verdaderamente poderosa, y engañarla no significa faltarle al respeto, se trata de buscar métodos que nos ayuden a evitar que esos pensamientos negativos se apoderen de ella y terminen de gobernarnos a nosotros también.

Finalmente, recuerdo a Aasim, un Ingeniero Electrónico que conocí en aquél ahora lejano 2009. Había nacido en Australia de padres Sirios, creció en Inglaterra y luego recorrió el mundo trabajando para cierta empresa. En un brazo tenía tatuado una frase en árabe, y un buen día me animé a preguntarle qué significaba: “en mi mente, todo lo puedo”, sino mal recuerdo me dijo que era el principio de un proverbio antiguo que hacía referencia a esto que les estoy platicando.

Y en efecto, con nuestra mente funcionando correctamente, todo lo podemos.

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