¿Conducción autónoma? ¡¡¡Sí!!! Por favor

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Recuerdo cuando aprendí a manejar hace más de dos décadas. Era un niño que apenas había terminado la educación primaria, pero al que le gustaban los automóviles desde que tenía memoria. Recuerdo una noche, al terminar una reunión de amigos de mis padres, subirme al flamante auto nuevo de mi padre y por accidente encenderlo con la primera velocidad enganchada. Pudo haber sido un accidente mayor pero quedó en un susto. Mi padre descubrió en mí a alguien que necesitaba aprender a conducir un auto. No me regañó, no me castigó … al contario, a la semana siguiente y con apenas 11 años cumplidos comencé a manejar. Y no me vengan a contar ustedes que aprendieron antes de esa edad porque de haberlo hecho les han de haber puestos zancos en las piernas para llegar a los pedales o son hijos de André el Gigante y ahora se encogieron.

A partir de esa primera vez me enamoré profundamente de la conducción. Mi primer gran amor: manejar un auto. La dificultad que suponía hacerlo a esa edad era inmensa, como lo mencioné apenas llegaba a los pedales (pese a haber dado el “estirón” de estatura) y siendo un niño no se tienen ni las fuerzas ni los reflejos. Estos últimos los tenía finos por la bicicleta (mi segundo gran amor), pero mover la dirección, estar atento al tráfico, prever el movimiento de los demás conductores y otras cosas inherentes a la conducción eran un dolor de cabeza, multiplicado por el hecho de tener un padre al lado al que hicieras lo que hicieras nunca estaba conforme. Aún así yo disfrutaba mucho subirme al auto.

Así día a día por las próximas dos décadas, o algo así. Hoy ya no lo disfruto tanto, debo de confesar. ¿Qué pasó? no lo sé a ciencia cierta, lo cierto es que el amor se empezó a extinguir años atrás y hoy sobrevive casi por fuerza de costumbre. De cualquier forma, cada vez que me subo al auto sé que no es un juego. Entiendo la complejidad y sobre todo la responsabilidad que involucra manejar un auto sea en ciudad o en carretera. Esto implica que semanalmente reviso el estado mecánico de la unidad, periódicamente le doy su mantenimiento, relleno el tanque de combustible con antelación, conozco y respeto perfectamente las leyes de tránsito, reviso mi ruta con antelación y salgo hacia mi destino con suficiente tiempo para evitar las prisas, conduzco sin distracciones y evitando ponerme en situaciones de riesgo, todo como desde 1994.

Triste y alarmantemente el resto de la gente no hace eso. A diario veo pendejos al volante y me pregunto no cómo pueden manejar, sino ¿cómo mierda han sobrevivido todos estos años en el planeta Tierra? Dios es grande quiero pensar. Además de pendejos, son unos reverendos retrasados mentales. Hay gente que da vuelta en “U” en avenidas principales de doble circulación como si estuviera en la cochera de su casa, se estacionan en doble fila como si vivieran en la Luna y respetan al peatón de la misma manera que los clientes respetan a la puta de sus madres. Cada día salgo a la calle pidiéndole al Señor que me libre de estos pendejos. Y así lo hace.

Hace exactamente diez años tuve mi primer incidente de tráfico: circulaba en una avenida a exceso de velocidad (debo de confesar públicamente) una camioneta todo terreno con neumáticos de terracería. De pronto llego rápidamente a una intersección y un venerable Vochito (un Volkswagen Beetle de primera generación para los que no sean de México) se pasa la señal de Alto. Reacciono perfectamente pero las llantas con gajos para lodo no ayudan en lo más mínimo y termino colisionando contra el vehículo. Nada grave, un roce que significó daño severo al auto y una fascia rota a la camioneta, al bajarme del auto confronto a la conductora y ella me responde “¿cuál señal de alto? ¿y esa qué significa? ¿me tenía yo que detener?” así como lo cuento, grandísima hija de puta. Lo bueno es que con lo que pagó por la reparación de la camioneta y de su auto seguramente aprendió la lección.

Unos meses después, casi como maldición me volvió a ocurrir lo mismo. Circulaba por una calle céntrica de la ciudad en la misma camioneta (ya no a exceso de velocidad) y de pronto ¡bang! golpe en la parte lateral posterior. Detengo la marcha y confronto ahora a un adulto de la tercera edad que también se pasó la señal de alto, este pendejo sí sabía que existían pero según él no la vio. Como el adulto responsable que era, y que Dios lo cuide por siempre, me dijo con la billetera en su mano: “soy un miserable pendejo, ten todo el dinero que traigo, ve a reparar tu camioneta, discúlpame y que no vuelva a ocurrir”.

En ambos casos me queda claro que hay gente que no debería conducir un auto jamás, así como yo no hago cosas que no puedo. Por una u otra razón hay gente que no debería jamás tomar el volante de un auto. Como el grandísimo hijo de perra de vecino que tengo que sale de su cochera a todo lo que da su flamante Chrysler Crossfire: conduce como si estuviera en Le Mans en calles muy estrechas, toma carriles contraflujo, amedrenta a peatones, le cierra el paso a otros vehículos y actúa como si lo hubieran violado de niño; y lo peor: ¡tiene más de 70 años! ¿Se imagina estimado lector el día que este idiota tenga un paro cardiaco o que simplemente la vista le falle? que Dios reparta suerte, porque dónde reparta justicia estamos todos jodidos.

Con la llegada de los llamados “Vehículos Autónomos” todos estaríamos a salvo de estos psicópatas tras el volante. Según Wikipedia, un automóvil autónomo es “un vehículo autónomo capaz de imitar las capacidades humanas de manejo y control. Como tal es capaz de percibir el medio que le rodea y navegar en consecuencia. El conductor podrá elegir el destino, pero no se le requiere para activar ninguna operación mecánica del vehículo”. Según varios medios especializados han llegado para quedarse. Marcas como Tesla, Volvo, Ford y hasta Google están ya probando prototipos funcionales que bien podrían estar operativos en próximas fechas.

Y aquí va mi humilde opinión. Durante la última década me he ganado la vida desarrollando sistemas que se regulan automáticamente. He ido de la automatización industrial a la domótica, pasando por la robótica y algo de inteligencia artificial; así que puedo decir que todo aquello que es regulado por sistemas electrónicos es algo verdaderamente efectivo. Los miedos naturales al cambio estarán siempre presentes, pero ha quedado comprobado que le podemos delegar actividades a las máquinas que simplemente los seres humanos no podemos hacer, por eso yo no me meto a la cocina.

Que van a existir riesgos en la conducción autónoma, ¡claro! es el mundo real no un laboratorio de Tesla, pero les garantizo que cada uno de esos riesgos no se compara con la contraparte de riesgo que el ser humano le imprime. Las máquinas no se cansan ni se aburren, son metódicas y efectivas, aprenden y mejoran … pero sobre todo, no se dejan llevar por sus sentimientos; ¿recuerda al cabrón ese que le tocó la bocina del auto durante la mañana? seguramente encontró a su esposa con el jardinero y no andaba de muy buen humor, así que usted fue la válvula de escape perfecta. A las máquinas no les pasa eso.

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Hace unos meses desarrollé el control automático para un pequeño rover basado en un Traxxas. Pese a lo primitivo del sistema y a una etapa de pruebas muy breve, el vehículo nunca tuvo un accidente en más de 200 horas. Se incendió cuando un idiota humano apagó el modo automático y lo obligó a subir una colina que previamente había analizado el cerebro del vehículo para determinar que no era viable subir. Así de inteligentes pueden llegar a ser estos sistemas, cosa que a los seres humanos a veces se nos olvida.

Ruego a Dios para que nos de la sabiduría para seguir desarrollando sistemas como estos, de lograrse podríamos abatir considerablemente el número de accidentes de tráfico derivados de la conducción, que en México fácilmente deja al año miles de personas muertas o al menos lesionadas gravemente. Tristemente el ser humano tiene que diseñar máquinas que puedan comportarse más humanamente que ellos mismos, vaya situación.

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